Rodrigo Domínguez
Profesor de la especialidad de prevención de riesgos de la Universidad Técnica Federico Santa María, Sede Viña del Mar

Cada año, el cambio de hora reabre un debate que suele centrarse en sus efectos prácticos, pero que también tiene una dimensión biológica profunda. Más allá de ajustar relojes, esta modificación afecta la forma en que nuestro organismo regula el sueño, la vigilia, la atención y otras funciones esenciales.
Para entenderlo, conviene distinguir dos conceptos importantes que se usan como sinónimos, pero no lo son: el reloj biológico y los ritmos circadianos. El reloj biológico es el mecanismo interno que coordina nuestros procesos vitales y que se ubica en una región del cerebro llamada núcleo supraquiasmático (NSQ), en el hipotálamo. Este reloj actúa como un marcapasos y da origen a los ritmos circadianos, que son ciclos de aproximadamente de 24 horas que regulan funciones como el sueño, la temperatura corporal, el metabolismo, la secreción hormonal y el rendimiento cognitivo.
La principal señal que sincroniza este sistema es la luz natural, por ello, cuando cambia la hora oficial, se produce una descoordinación entre el tiempo social y el tiempo biológico. Esta situación ha sido descrita como una forma de “jetlag social” ya que genera un desfase similar al de un viaje entre husos horarios, aunque sin desplazamiento físico.
Durante los días posteriores al cambio –en la mayoría de las personas– es frecuente observar alteraciones en la calidad del sueño, irritabilidad, somnolencia diurna, dificultades de concentración y una baja transitoria del rendimiento cognitivo. También pueden verse afectadas funciones como la atención, la memoria de corto plazo y la capacidad de organización y toma de decisiones. Incluso pequeñas variaciones en la duración o calidad del sueño pueden repercutir en la regulación emocional y en el desempeño diario.
Un elemento importante en esta respuesta es el cronotipo, es decir, la predisposición natural que tiene cada persona a funcionar mejor en determinados momentos del día. Las personas con cronotipo vespertino, conocidas como “búhos”, suelen experimentar mayores dificultades de adaptación, especialmente por la somnolencia matinal, mientras que, quienes tienen un cronotipo matutino, o “alondras”, tienden a ajustarse con mayor facilidad.
En este contexto, el horario de invierno presenta una ventaja relevante: se acerca más al reloj biológico, ya que se alinea mejor con la luz natural de la mañana y facilita una sincronización más adecuada de los ritmos circadianos. En otras palabras, permite que las personas despierten con mayor presencia de luz natural, principal señal que activa nuestro organismo, favoreciendo un despertar más natural y una mejor adaptación, especialmente en quienes inician temprano sus actividades.
Sin embargo, aunque este horario resulte más compatible con nuestros ritmos naturales, la adaptación no siempre es inmediata. Por eso, se recomienda ajustar progresivamente la hora de dormir, exponerse a luz natural en la mañana, evitar pantallas en la noche y mantener rutinas regulares de descanso y alimentación.
En tiempos en que el bienestar, la salud mental y el descanso son cada vez más relevantes, el cambio de hora nos recuerda que nuestros cuerpos no funcionan solo según el reloj social, también responden a ritmos biológicos que deben ser comprendidos y respetados.

