Sindy Sagredo, Docente
Facultad de Psicología y Humanidades
Universidad San Sebastián

La irrupción de la Inteligencia Artificial Generativa (IAG) en la escritura ha abierto un gran debate: ¿estamos frente al fin de la autoría y la propiedad intelectual? o ¿nos encontramos ante una nueva herramienta que expande las posibilidades creativas del ser humano? La pregunta se torna compleja, puesto que involucra aspectos sensibles de nuestra cultura como la noción de originalidad, la legitimidad de la voz propia y el derecho a ser reconocido por lo creado.
Hoy, cuando un escrito puede ser generado por un algoritmo entrenado, la frontera entre lo humano y lo tecnológico se difumina. Ante tal situación cabe preguntarse ¿quién escribe entonces: la persona que formula la idea o la máquina que la materializa en oraciones? La respuesta quizás no sea binaria. La escritura asistida por IAG puede ser vista como una extensión del pensamiento humano, un instrumento que ordena y potencia las ideas. No obstante, también puede convertirse en un espejo incómodo: ¿qué ocurre si la máquina produce con más fluidez que nosotros? o ¿si su estilo resulta más convincente?
La propiedad intelectual, en este escenario, enfrenta un desafío. ¿Debe atribuirse la autoría a quien diseñó el algoritmo, a quien lo utiliza o a la propia máquina? La legislación aún no alcanza a responder tal disyuntiva con claridad, y mientras tanto, los textos circulan en un limbo, donde la noción de autoría se vuelve difusa. Sin embargo, la IAG no necesariamente reemplaza la voz humana; puede también abrir caminos para la creación, democratizar el acceso a la escritura y ofrecer apoyo a quienes encuentran barreras en el lenguaje escrito.
Por tanto, la clave está en cómo decidimos relacionarnos con esta nueva tecnología. Si la concebimos como sustituto, corremos el riesgo de invalidar la singularidad de la experiencia humana, pero si la entendemos como herramienta, podemos integrarla en un diálogo fecundo, en que la máquina no anula al autor, sino que lo acompaña o complementa. No podemos olvidar que la escritura siempre ha estado mediada por instrumentos: la pluma, la imprenta o el teclado. La inteligencia artificial, entonces, podría ser considerada solo como el último eslabón de esa cadena.
De esta manera, la pregunta de fondo no es si la IAG acabará con la propiedad intelectual, sino por el contrario: ¿estamos dispuestos a redefinir qué significa ser autor en un mundo donde las palabras ya no pertenecen exclusivamente a las manos humanas? Tal vez el desafío sea aceptar que la creatividad no se mide por la exclusividad de la producción, sino por la capacidad de generar sentido en medio de nuevas formas de expresión.

