-Un estudio liderado por investigadoras del Instituto de Ecología y Biodiversidad, IEB, reveló que la supervivencia del bosque de Chile central frente a la megasequía no depende solo de ahorrar agua, sino también de mantener la capacidad de “alimentarse” mediante la fotosíntesis.
En medio de la megasequía que afecta a Chile central desde hace más de una década, el bosque esclerófilo ha experimentado un deterioro progresivo, con señales visibles como pérdida de hojas en plantas perennes (no caducas), pardeamiento del follaje y mortalidad de árboles.
Sin embargo, algunas especies emblemáticas de este ecosistema, como el litre y el peumo, han mostrado una mayor resistencia. Así lo dio a conocer un estudio desarrollado en el Parque Nacional La Campana, Región de Valparaíso. La investigación, publicada en la revista científica Annals of Botany, analizó 11 especies de árboles y arbustos nativos para entender por qué algunas plantas han resistido mejor el estrés hídrico prolongado.
El trabajo fue liderado por Frida Piper de la Universidad de Talca y Susana Paula de la Universidad Austral de Chile-UACh, ambas investigadoras del Instituto de Ecología y Biodiversidad (IEB). También, contó con la participación de Rocío Urrutia-Jalabert (Lili, Universidad de La Frontera, UACh, y Centro del Clima y la Resiliencia, CR2).

El estudio consistió en estudiar árboles sanos y dañados en condiciones naturales, , y luego complementó el análisis de las muestras en el laboratorio. Uno de los focos del estudio fue explorar las reservas de azúcares y almidón para determinar si la falta de reservas energéticas era una de las causas del decaimiento. También analizaron la señal isotópica de las ramillas para comprender cómo las diferentes especies conservan agua y realizan la fotosíntesis, el proceso por el cual las plantas producen azúcares a partir del dióxido de carbono de la atmósfera. Finalmente, se analizaron los anillos de crecimiento de los árboles para obtener información tanto del periodo previo como durante la megasequía.
En ese contexto, los resultados mostraron que la supervivencia de los árboles no depende únicamente de resistir la falta de agua, sino de mantener un equilibrio entre la regulación hídrica y la producción de carbono mediante la fotosíntesis.
“Lo que encontramos fue bastante claro. Las especies menos perjudicadas por la megasequía fueron aquellas capaces de seguir realizando fotosíntesis incluso bajo estrés hídrico. En particular, vimos que las especies más resistentes podían cerrar sus estomas de manera eficiente y oportuna. Estas estructuras son pequeños poros presentes en las hojas de las plantas. A través de ellos ingresa el dióxido de carbono necesario para realizar fotosíntesis y producir energía. El problema es que por esos mismos poros también se pierde agua. Entonces, las plantas enfrentan permanentemente un dilema: cómo captar carbono sin deshidratarse”, explica la autora principal del estudio.
En ese sentido, Frida Piper señala que las especies más afectadas, como el lingue, mantuvieron sus estomas abiertos por más tiempo, lo que las llevó a perder más agua y deshidratarse. “Esto también habría afectado su capacidad fotosintética, probablemente porque el estrés hídrico dañó el funcionamiento metabólico y enzimático de sus células”, destaca.
Al respecto, la investigadora Susana Paula agrega un punto relevante: “Lo que vimos es que los árboles no necesariamente mueren de sed, sino de hambre. Cuando no pueden mantener la fotosíntesis durante años, agotan sus reservas de carbono y entran en un proceso de colapso fisiológico. Esto coincide con la hipótesis de que las plantas, frente a sequías extremas, no solo mueren por falta de agua, sino también por falta de carbono. Es decir, mueren de hambre”.

Este fenómeno, conocido en inglés como carbon starvation, ocurre cuando los árboles consumen más energía de la que logran producir mediante fotosíntesis durante periodos prolongados de estrés.
11 especies emblemáticas del bosque
El estudio mostró que las especies más resistentes, y que presentaron menor pérdida de hojas y pardeamiento, fueron el peumo y el litre. Ambas lograron mantener mejor su funcionamiento fisiológico, con una regulación más eficiente del agua y una mayor capacidad de sostener la fotosíntesis bajo estrés.
En un rango intermedio de tolerancia se ubicaron el boldo, quillay, belloto del norte, molle, arrayán y lilén. Finalmente, las especies más sensibles fueron el lingue y el tevo. Estas últimas mostraron que, aunque cerraban sus estomas para ahorrar agua, no lograban seguir produciendo suficiente carbono.
Comprender estas diferencias también fue posible gracias a una herramienta desarrollada por el equipo de investigadoras: un índice de decaimiento en terreno que permitió recopilar una gran cantidad de datos en poco tiempo. Para ello, se combinaron dos señales del estado del árbol: la defoliación (pérdida de hojas) y el pardeamiento (hojas secas o cafés que permanecen en el árbol).
Ciencia para el presente y el futuro
Las investigadoras destacan que los resultados de este trabajo son valiosos tanto para comprender el presente como para proyectar escenarios futuros, considerando el avance del cambio climático, las emergencias como incendios forestales, y posibles estrategias de reforestación.
Por su parte, Frida Piper menciona que, aunque existan años más lluviosos en la zona central, la megasequía no desaparece automáticamente.
“Hoy sabemos que la sequía no depende solamente de la cantidad de lluvia, sino también del aumento de temperatura. A mayor temperatura, la atmósfera demanda más vapor de agua y aumenta la pérdida hídrica desde las plantas. Por eso, incluso en años con más precipitaciones, las condiciones siguen siendo distintas a las que históricamente experimentaron estos bosques mediterráneos”.
Susana Paula explica que los ecosistemas mediterráneos suelen considerarse resilientes a la sequía, ya que son capaces de resistir estas perturbaciones y volver a su estado original. “Sin embargo, lo que estamos viendo en Chile central es el evento de decaimiento más extenso y rápidos de todos los observados en otros ecosistemas mediterráneos del mundo. Y si bien la biodiversidad siempre cambia, y eso es parte de la dinámica ecológica, el problema aquí es la velocidad e intensidad de esos cambios. Lo que ocurra en el futuro dependerá en gran medida de cómo evolucione el clima. Si los eventos extremos se repiten con mayor frecuencia, la recuperación del bosque será cada vez más difícil”.
Ante esto, la investigadora UACH señala que para estudiar estos fenómenos de manera adecuada se necesitan equipos de investigación permanentes dedicados a la contingencia ecológica. “Esto implica, contar con un sistema donde, frente a una sequía o un incendio, existan grupos preparados para medir, monitorear y responder rápidamente. Eso requiere financiamiento estable y flexibilidad, porque los sistemas actuales suelen ser muy rígidos y exigen justificar cada gasto en función de objetivos muy específicos, lo que dificulta responder en tiempo real”.
