Los estudios de Pfizer y BioNTech, revelaron una efectividad del 90% en prevenir la enfermedad.
El Presidente de la República, Sebastián Piñera, valoró este lunes el anuncio de avances promisorios en uno de los esfuerzos por alcanzar una vacuna contra el Covid-19.
“Una de las vacunas con la cual ya tenemos contrato y garantía de aprovisionamiento, Pfizer, hoy día dio a conocer resultados extraordinariamente promisorios de sus pruebas clínicas de la tercera fase”, dijo el Mandatario.
La semana pasada, el Presidente anunció un preacuerdo con la alianza Pfizer-BioNTech para el abastecimiento de 10 millones de dosis de una eventual vacuna.
Actualmente, en Chile se está trabajando con cuatro candidatos para la elaboración de las vacunas.
Además, el Presidente ha destacado un acuerdo con la Alianza Mundial Covax, iniciativa liderada por la Organización Mundial de la Salud, la Unión Europea y la Fundación Bill y Melinda Gates, que permitiera acceder a vacunas.
El Mandatario ha delineado, además, los ejes de la estrategia de vacunación cuando las dosis estén disponibles.
El Gobierno reitera el llamado a mantener las medidas de autocuidado para prevenir el contagio con Covid-19.
La firma indicó que en fase 3 están alcanzando una protección de 28 días tras la primera dosis y siete días después de la segunda aplicación.
La vacuna contra el COVID-19 desarrollada por Pfizer y BioNTech evidenció resultados positivos en los primeros ensayos en fase 3, alcanzando una eficacia en un 90%.
Según indicaron los creadores, las dosis se probaron en 42.500 personas de seis países y no se detectaron problemas de seguridad, en base a los primeros resultados consignados.
De momento, el sondeo destacó que 94 infecciones fueron reportadas entre los voluntarios, pero la mayoría de ellos los percibió cuando recibieron un placebo y no las dosis reales.
La firma señaló que su fármaco está alcanzando una protección de 28 días tras la primera dosis y siete días después de la segunda aplicación.
“Estamos un importante paso más cerca para proporcionar a las personas de todo el mundo un avance muy necesario para ayudar a poner fin a esta crisis sanitaria mundial”, indicó Albert Bourla, CEO de Pfizer.
Asimismo, destacó que “estamos alcanzando este hito crítico en nuestro programa de desarrollo de vacunas en un momento en el que el mundo más lo necesita”.
“Es una gran día para la ciencia y la humanidad”, destacó el laboratorio ante la evidencia registrada.
Carolina Torrealba agradeció a la Unidad que se transformó en uno de los primeros laboratorios universitarios en funcionar con la finalidad de descomprimir y apoyar en el procesamiento de muestras.
Hasta el Laboratorio Diagnóstico Interuniversitario de Covid-19 UCSC-UdeC, ubicado en el Edificio Monseñor Sergio Valech del Campus San Andrés, llegó la subsecretaria de Ciencia, Tecnología, Conocimiento e Innovación, Carolina Torrealba, quien se reunió con el equipo UCSC para destacar el apoyo de esta Unidad que se transformó en uno de los primeros seis recintos universitarios en apoyar en el análisis de muestras por coronavirus, teniendo como principal objetivo descomprimir y poyar el procesamiento.
En la oportunidad fue recibida por el Rector de la UCSC, Christian Schmitz; la Vicerrectora de Investigación y Postgrado, Mónica Tapia; la Decana de la Facultad de Medicina, Ximena Ocampo; el encargado del Laboratorio, Matías Hepp y los colaboradores.
“Fue una visita muy cordial, de agradecimiento al equipo y a las gestiones que se han realizado para operar. Se destacó que esta iniciativa responde a una alianza entre dos universidades locales y la idea es seguir generando iniciativas en ese contexto. Tuvimos la oportunidad de dar a conocer las principales dificultades presentes durante el proceso y cómo se ha dado la colaboración con los servicios de salud, el Ministerio de Ciencias y Salud”, sostuvo Matías Hepp.
Actualmente, este laboratorio procesa muestras provenientes desde el Servicio de Salud de Concepción y Talcahuano, recibiendo diariamente entre 200 a 250 muestras y analizando, en el mismo tiempo, 200 como máximo.
Cabe recodar que el procedimiento considera que las muestras sean ordenadas por cada servicio de salud, siendo tomadas y recepcionadas por el Centro de Salud Familiar correspondiente para, finalmente, ser llevadas a los laboratorios pertinentes. Lo que es complementado con los exámenes provenientes de las clínicas locales.
En medio de la pandemia y la crisis económica y social, la corrupción aparece como un fantasma que acecha a países y sociedades enteras. La presión sobre las democracias, la concentración de poder, la crisis global y la inequidad son solo algunas de las realidades donde puede surgir la corrupción. En Chile, expertos dialogaron sobre este flagelo y coincidieron que esta nueva normalidad, -aunque es preocupante-, se puede transformar en una oportunidad para generar un cambio cultural contra la corrupción tanto en el Estado como en el mundo empresarial.
La corrupción, el soborno, el robo y la evasión impositiva, cuesta anualmente para los países en desarrollo, alrededor de 2,6 billones de dólares. Una cantidad de dinero diez veces mayor que la dedicada a la asistencia para su crecimiento y progreso. Suma que equivale a más del 5% del producto interior bruto mundial.
Hoy, en medio de la crisis que ha desatado la pandemia, los gobiernos de todo el mundo se han visto en la necesidad de responder y combatir en forma rápida la corrupción, con medidas acordes a la urgencia. Más aún cuando se ha demostrado que la corrupción durante la pandemia puede socavar seriamente la buena gobernanza a nivel global y alejar aún más al mundo de sus esfuerzos por alcanzar los Objetivos de Desarrollo Sostenible.
En este contexto, expertos analizaron esta dura realidad en el encuentro denominado: “La corrupción como obstáculo para el Desarrollo Sostenible” organizado por Pacto Global Chile. Susana Sierra, presidenta de Chile Transparente, directora ejecutiva de BH Compliance indicó que “el gran problema que tenemos es una crisis de confianza gigantesca y esto hace que las instituciones se debiliten lo que aumenta el riesgo de corrupción porque con instituciones débiles, la corrupción permea y hace lo que quiere”.
En Chile la ciudadanía ha sido víctima de la colusión entre quienes controlan las cadenas de suministro aumentando los precios y ha sido testigo de las desviaciones de dinero en las instituciones armadas por señalar solo algunos ejemplos. Hoy, la atención urgente que representa el Covid-19, está creando espacios de corrupción aprovechando una vigilancia débil de parte de las instituciones y una transparencia inadecuada desviando fondos en momentos de mayor necesidad hacia los más vulnerables.
“La problemática de la corrupción debe ser enfrentada como una cuestión de carácter sistémico. No vamos a tener resultados en la Agenda 2030 y los ODS, si es que nosotros seguimos abocados al análisis casuístico. Esto es un sistema y al establecer una cultura anticorrupción, esta supone que los actores tienen que ejercer una contribución consistente al logro de la cultura anticorrupción y las actuaciones institucionales deben ser miradas desde la integridad”, afirmó Ximena Chong, abogada Fiscal Jefe de Delitos de Alta Complejidad del Ministerio Público.
En el encuentro participaron también Mariano Gojman, Compliance officer, Siemens Chile, Emilio Oñate, decano Facultad de Derecho y Humanidades, Universidad Central y Manuel Arís, Investigador de Espacio Público. Todos coincidieron en que como país tenemos una gran oportunidad de generar un cambio cultural y que la judicialización de la ética no es el camino. “Sabemos que las empresas han hecho un ejercicio de análisis y reflexión fuerte en medio de la pandemia donde se han fortalecido como organización. La rectitud de las instituciones es posiblemente el factor más determinante para mayores o menores índices de corrupción y así se han comprometido, por ello, estamos optimistas con los desafíos para que la corrupción no se constituya en un obstáculo en el cumplimiento de la Agenda 2030”, expresó Margarita Ducci, directora ejecutiva de Pacto Global Chile.
La agencia de salud de la ONU informó que desde junio se han identificado en Dinamarca 214 casos de COVID-19 en humanos provenientes de una mutación del coronavirus que se asocia a los visones de granja, entre ellos hay doce con una variante única del SARS-CoV-2 que fueron notificados el pasado jueves.
La Organización Mundial de la Salud (OMS) explicó este sábado que la docena de casos, de pacientes entre los siete y los 79 años, se identificaron el pasado mes de septiembre en Jutlandia del Norte, Dinamarca. Ocho de los afectados tenían algún vínculo con la industria de la cría de visones (mink) y cuatro casos procedían de la comunidad local.
Los casos precisan investigaciones más a fondo
Las observaciones preliminares sugieren que esta variante, llamada “grupo 5”, es similar en las manifestaciones clínicas, la gravedad y la naturaleza de la transmisión entre los infectados por otros virus del SARS-CoV-2 circulantes que causan el COVID-19. Ladiferencia es que esta se caracteriza por una combinación de mutaciones no observadas previamente.
Aunque la OMS informa que todavía es difícil predecir cuáles pueden ser las consecuencias de estas mutaciones, según los datos preliminares esta variante asociada a los visones “posee una sensibilidad moderadamente reducida a los anticuerpos neutralizantes”.
Asimismo, indicó que todavía se requieren más estudios científicos y de laboratorio para confirmar estos hallazgos preliminares y comprender cómo afectan al diagnóstico, el tratamiento y el desarrollo de vacunas.
En paralelo, las autoridades danesas están tomando medidas para contener la propagación de este tipo de virus tanto entre animales como entre personas.
Entre las medidas adoptadas se prevé el sacrificio de más de 17 millones de visones de granja, un amplio despliegue de pruebas de la COVID-19 para toda la población implicada y el compromiso de compartir de inmediato la secuencia genómica de la nueva cepa.
Contagio de la COVID-19 entre personas y visones
El virus que causa la COVID-19, el SARS-CoV-2, se detectó por primera vez en humanos el mes de diciembre del 2019. Hasta el 6 de noviembre, ha afectado a más de 48 millones de personas causando más de 1,2 millones de muertes en todo el mundo. Su origen está asociado a los murciélagos, pero todavía no se ha podido establecer claramente su proveniencia y los posibles huéspedes intermedios.
Las evidencias disponibles indican que el virus se transmite principalmente entre las personas por medio de gotitas respiratorias y por contacto próximo, pero también hay ejemplos de transmisión entre personas y animales.
Varios animales que entraron en contacto con personas infectadas, como visones, perros, gatos domésticos, leones y tigres, han dado positivo en las pruebas de detección del SARS-CoV-2.
Los visones se contagiaron tras la exposición de personas infectadas, pero también pueden actuar como reservorio del SARS-CoV-2, transmitiéndose el virus entre ellos y a los humanos.
Hasta la fecha, Dinamarca, los Países Bajos, España, Suecia, Italia y Estados Unidos han notificado a la Organización Mundial de Sanidad Animal (OIE) la aparición del SARS-CoV-2 en visones de granja.
El curso se desarrolló en el marco de la ejecución de protocolos y coordinaciones dispuestas por el Comité de Crisis UdeC y contó con un amplio interés de los y las estudiantes.
Con una alta participación estudiantil de diversas carreras se desarrolló el curso online “Covid-19, prevención de contagio en los y las estudiantes”. Fueron 575 los y las inscritas en el curso, que tuvo como propósito el disponer de una metodología para prevenir el contagio de la enfermedad en el desempeño de labores presenciales en las instalaciones de la Universidad de Concepción, en el marco de la ejecución de protocolos y coordinaciones dispuestas por el Comité de Crisis UdeC.
Entre las principales temáticas abordadas por el curso de dos horas cronológicas, destacaron la identificación de los síntomas y signos causados por el virus, reconocer las diferentes formas de contagio, medidas de prevención y correcto uso de elementos de protección personal (EPP), como también el reconocimiento de las medidas de autocuidado durante trayectos de traslado y el manejo del protocolo frente a un caso sospechoso de Covid-19.
El curso, desarrollado por la Dirección de Servicios Estudiantiles (DISE) junto a la Dirección de Docencia, contó con la relatoría de la Dra. Alejandra Latorre, integrando además una evaluación final, cuya aprobación es requisito para iniciar cualquier actividad de tipo presencial, tanto dentro como fuera de la Universidad.
La directora de la DISE, Dra. Verónica Madrid, se refirió a la importancia de la realización de este curso, asegurando que “ha sido bien recibido por los y las participantes y esperamos poder capacitar grupos de entre 400 a 500 estudiantes cada 15 días en promedio, de acuerdo con la demanda que pueda existir, en base a las listas de estudiantes que realizarán actividad presencial y que cada jefatura de carrera envía a la DISE. La certificación demora alrededor de una semana y es enviada al correo del estudiante”.
En tanto, la directora de Docencia, Dra. Carolyn Fernández, agregó que “para la Dirección de Docencia es un hito importante la realización de este curso con fines preventivos, a partir de la situación sanitaria que vivimos a nivel local y nacional. El curso se enmarca en el desarrollo de los protocolos y coordinaciones que se realizan junto a las facultades y escuelas, facilitando la puesta en marcha de este plan de retorno seguro para las actividades presenciales de carácter crítico y respondiendo a la necesidad de retomar ciertas actividades esenciales de la formación de nuestros estudiantes”.
Respecto a la actividad académica en general, cabe mencionar que los estudiantes de pregrado se mantienen en modalidad virtual, según lo establecido por la autoridad universitaria en decreto emitido el 27 de agosto de este año, con el propósito de sostener las medidas que ha adoptado la Universidad para el cuidado y resguardo de sus trabajadores, trabajadoras, alumnado y comunidad en su conjunto.
Para mayor información sobre el trabajo que se está llevando a cabo sobre esta materia, se puede visitar el sitio web del Comité de Crisis.
La Iniciativa “Monitoreo SARS-CoV-2 en Aguas Servidas en la ciudad de Chillán”, pionera en Sudamérica, tiene como objetivo identificar casos asintomáticos y detectar precozmente casos positivos en población de riesgo.
Hoy se puso uno de las 20 tomas de muestras que se pondrán en los alcantarillados de la ciudad de Chillán con la finalidad de analizar las heces y poder orientar las búsquedas activas de casos para evitar brotes.
«Es una búsqueda orientada e inteligente», comentó el Dr. Rafael Araos, asesor estratégico de COVID del Ministerio de Salud.
El Dr. Araos explicó que el virus se excreta por las heces a partir de tres días desde el contagio pudiendo adelantar hasta dos semanas el diagnóstico clínico. Hay que considerar que el coronavirus puede permanecer hasta 21 días después de que los síntomas hayan desaparecido y el test nasofaríngeo arroje resultado negativo.
Consultado por la relevancia de esta iniciativa, pionera tanto en Chile como en Sudamérica, el profesional afirmó que “la implementación de este proyecto, su evolución en el corto y mediano plazo nos permitirá ir agregando indicadores basados en la evidencia que tenemos en el país para ir tomando mejores decisiones. Ustedes saben que nosotros en el Plan Paso a Paso tomamos una serie de parámetros que van desde el número de contagios, el uso de camas, etc. Este parámetro, de la presencia del coronavirus en las aguas servidas, nos va a permitir complementar y llenar espacios que aún no éramos capaces de llenar así que estamos súper entusiasmados de que mediante el estudio de algo tan sencillo como las aguas servidas podamos tener más información de la dinámica de la pandemia y esperamos que esto resulte de la mejor manera”.
Por su parte, la seremi de Salud de Ñuble, Marta Bravo, destacó la utilidad epidemiológica del proyecto, el cual seguirá siendo implementado en la región, ampliando la toma de muestras en la comuna de Chillán, llegando a zonas donde existan, por ejemplo, población de riesgo o un número de personas que puedan estar padeciendo la enfermedad sin manifestar síntomas.
En este sentido la autoridad sanitaria regional destacó que “inicialmente fueron 3 puntos y hoy, gracias al Instituto Sistema Complejos de Ingeniería (Isci), hemos calculado 20 puntos en la comuna de Chillán que son nodos donde se encuentra el agua. Otro aporte de la comunidad científica ha sido la contribución en infraestructura para poder hacer la detección y la respuesta también para entregar los resultados a la Seremi de Salud e iniciar la búsqueda activa en el caso de que aumente la carga viral en el agua o disminuya”.
La subsecretaria de Salud Pública, Paula Daza, destacó que la importancia de esta estrategia radica en que “estamos implementando diversas acciones orientadas a fortalecer nuestra estrategia de testeo, trazabilidad y aislamiento. En este sentido este proyecto, que ha permitido focalizar la toma de muestras PCR en la comunidad, es tremendamente importante porque nos permite identificar aquellos lugares con presencia de SARS-CoV-2 en diferentes puntos de la ciudad. De esta manera, detectando positividad en un sector, se refina la búsqueda en el caso a caso para realizar una detección oportuna y eficiente que nos permita controlar la propagación del virus”.
Iniciativa Piloto
La iniciativa piloto fue financiada por el Gobierno regional y ejecutada en conjunto con la Intendencia de Ñuble, las seremis de Ciencias y Salud, además cuenta con apoyo de la Universidad de Concepción y una entidad sanitaria.
Al respecto la seremi de Ciencia, Paulina Assmann, indicó que esta iniciativa se basa en la detección de presencia de COVID-19 en las aguas residuales para detectar en qué lugares o zonas hay personas con la enfermedad y desarrollar, en base a esos indicadores, una eficiente Búsqueda Activa de Casos.
“Al analizar las aguas servidas, se puede la presencia y cantidad de SARS-CoV-2 a través de la misma técnica de PCR que se usa en el diagnóstico de COVID-19. Según la carga viral detectada (cantidad de virus), se puede predecir la cantidad de gente infectada en áreas particulares de la ciudad. De esta manera, se puede informar al plan de Búsqueda Activa de Casos para que la estrategia ser más eficiente, enfocándose en aquellos lugares donde se evidencia presencia del virus”, explicó la autoridad regional del Ministerio de Ciencia, Tecnología, Conocimiento e Innovación.
De esta manera el proyecto, basado en una experiencia holandesa, inició como un plan piloto el 25 de junio de este año con toma de muestras en 3 puntos de la comuna de Chillán: una Residencia Sanitaria, cárcel y Eleam.
En esta iniciativa juegan un rol fundamental las sociedades científicas. Por un lado está el rol de la Universidad de Concepción que, a través de su Centro de Biotecnología y junto a la seremi de Ciencia de la Macro Zona Centro-Sur, realizan un muestro a partir de la recolección de aguas servidas, las que luego son trasladadas a los laboratorios del CB-UdeC, donde se aplica la técnica del PCR a cada muestra que la componen cerca de cinco litros, que se extraen de un cuadrante limitado por la seremi de Ciencias.
Por otro lado está el trabajo que ha venido realizando, junto al Ministerio de Salud, el Instituto Sistema Complejos de Ingeniería (Isci).
Al respecto el investigador del ISCI, Charles Thraves, detalló que “en este tema del monitoreo una cosa es el proyecto y otra el cómo hacerlo de la mejor manera posible. Hay muchos puntos donde se pueden monitorear distintos segmentos de la población de Chillán entonces la pregunta es cómo podemos hacer esto de la mejor manera posible y, de alguna manera, la matemática nos ayuda a encontrar los puntos en los cuales sean capaz de darnos la mayor información de la gente y ojalá de la forma más precisa posible. De esta manera, con los resultados que se obtienen se pueden seguir tomando futuras decisiones para seguir segmentando los casos donde están y de alguna manera seguir encontrando más casos activos y los números vayan mejor y mejor”.
La autoridad además recordó que, a partir de este jueves 5 de noviembre, el toque de queda se desarrollará entre las 00:00 y las 05:00 horas, en todo el territorio nacional a excepción de Punta Arenas, Puerto Natales y Puerto Montt, donde comienza a las 20 horas.
Asimismo, a partir del lunes 9 de noviembre, las empresas consideradas de rubro esencial que utilizan permisos únicos colectivos, deben contar con un certificado que establece la relación laboral entre la empresa y el trabajador o bien, puede ser el mismo contrato de trabajo en las comunas que están en cuarentena, transición y en los horarios de toque de queda. Esto rige para las comunas que están en cuarentena, en transición y para los horarios de toque de queda y será exigible al momento de la fiscalización.
En el caso de las empresas esenciales que tienen subcontratistas, tanto la empresa como el trabajador deben tener su propio certificado donde se señale cuál es el mandante y cuál es la actividad a realizar. En el caso de las personas que prestan servicios a honorarios para una empresa de rubro esencial, dicha empresa también tiene que realizar un certificado.
La autoridad aclaró que esto no afecta a funcionarios públicos o a aquellos que, de acuerdo al instructivo, tienen permitido utilizar credencial o patente para funcionar en comunas en cuarentena, transición o en horario de toque de queda.
Reporte COVID-19
El Ministerio de Salud informó 1.540 casos positivos de COVID-19, de los cuales 1.044 son personas sintomáticas.
La cifra total de personas que han sido diagnosticadas con COVID-19 en el país alcanza a las 516.582 de los cuales 493.250 pacientes se encuentran recuperados.
En cuanto a los decesos, de acuerdo a la información entregada por el Departamento de Estadística e Información de Salud (DEIS), se registraron 64 fallecidos por causas asociadas al COVID-19. El número total de personas fallecidas asciende a 14.404 en el país.
A la fecha, 725 personas se encuentran hospitalizadas en Unidades de Cuidados Intensivos, 77 de ellos en estado crítico de salud. Con relación a la Red Integrada de Salud, existe un total de 353 ventiladores disponibles para el paciente que lo requiera, independiente de la región donde se encuentre.
Respecto a la de Red de Laboratorios y la capacidad diagnóstica, ayer se informaron los resultados de 34.228 exámenes PCR, alcanzando a la fecha un total de 4.462.086 test analizados a nivel nacional.
El número de Residencias Sanitarias disponibles es de 152, con 10.760 cupos, de los cuales 5.194 cupos se encuentran disponibles. Para mayor información, las personas que no cuenten con las condiciones para realizar una cuarentena efectiva en su hogar y requieran trasladarse a una Residencia Sanitaria, pueden llamar al Fono 800 726 666 o ingresar al sitio web del Ministerio de Salud, www.minsal.cl.
Latinoamérica tuvo tiempo para prepararse y enfrentar bien la pandemia. Pero sus condiciones estructurales en economía, vivienda y salubridad terminaron haciendo que el continente se transformara en un lugar propicio para la propagación del COVID-19.
Así lo sugiere la investigación “Respuestas al COVID-19” en cinco países de Latinoamérica, que revisó los primeros meses de combate a la pandemia en Brasil, Chile, Colombia, Ecuador y Perú: los países con más muertes del continente según las estadísticas de la Universidad John Hopkins.
Los autores -un equipo multidisciplinario– analizaron las condiciones pre-COVID y las respuestas de los gobiernos a la pandemia. Entre los factores pre-pandémicos que identificaron están la alta informalidad laboral, hacinamiento y densidad poblacional, baja infraestructura hospitalaria e incapacidad de los sistemas sanitarios para desplegar mecanismos de testeo y trazabilidad tempranamente.
Todas esas limitantes hacen que “Latinoamérica sea una región con más riesgo” pues merman tanto la capacidad de reacción de los países como la posibilidad de que la población cumpla medidas como la cuarentena, según explica Alejandra Benítez, una de las autoras del estudio.
COVID-19
La investigación también plantea que, aunque algunos países reaccionaron rápido, no lograron revertir estas condiciones de base, porque la ayuda económica a los hogares fue insuficiente o llegó tarde para los grupos que más lo necesitaban.
“Chile, por ejemplo, fue rápido en cerrar aeropuertos y fronteras. También, comparativamente, fue efectivo en el aumento de camas hospitalarias y ventiladores. Pero lo que no se hizo rápido fue la trazabilidad, es decir lo relativo a encontrar a las personas enfermas, aislarlas, hacerles seguimiento. En lo económico hubo respuestas rápidas, pero solo para el sector formal de los trabajadores”, explica Carolina Velasco, también autora de la publicación.
Los factores estructurales que impidieron reaccionar bien al COVID-19 podrían implicar otro problema mayor: que la enfermedad se vuelva endémica. El fenómeno ya ha empezado a detectarse en Reino Unido.
Un estudio realizado por Public Health England, una agencia dependiente del Departamento de Salud y Cuidado Social de ese país, mostró que las restricciones aplicadas durante la Pandemia han sido poco efectivas en reducir el número de infectados en algunas áreas del norte de Inglaterra, donde el COVID-19 está “firmemente instalado”.
Alta vulnerabilidad, pobreza y hacinamiento
Estos lugares son zonas habitadas por minorías étnicas que se caracterizan por alta vulnerabilidad, pobreza y hacinamiento. Aunque esto no fue un tema del estudio, las investigadoras coinciden en que los determinantes que agravaron el impacto del COVID-19 en América Latina –en particular las condiciones de pobreza e informalidad laboral y la debilidad de los sistemas sanitarios– podrían hacer que “se convierta en un virus endémico”.
En el estudio, de hecho, se identificaron zonas y comunas donde, pese a las medidas implementadas, los casos y muertes por COVID-19 no disminuyeron a la velocidad esperada. Por ejemplo, las comunas de más bajos ingresos en la Región Metropolitana de Chile; la zona del Amazonas colombiano y las principales ciudades del Sur-Este de Brasil.
La investigación examinó las políticas aplicadas por los cinco países entre febrero y agosto de 2020. Para analizar el nivel de reacción de los gobiernos en comparación con la evolución de la enfermedad, se usó un índice creado por la Universidad de Oxford.
Los gobiernos reaccionan pero el contagio no cesa
Una primera área de estudio es la de mitigación y contención, que se refiere a medidas como cierre de escuelas, cuarentenas, cierre de fronteras o restricción a eventos masivos. En este tema, dicen los investigadores, casi todos los países (excepto Brasil) reaccionaron tempranamente: muy cerca de cuando se confirmó el primer caso de COVID-19.
Sin embargo, los datos muestran que “no hay una relación evidente entre la capacidad de reacción y los resultados sanitarios”. Ello pues, pese a las medidas adoptadas, los nuevos infectados y la tasa de positividad de COVID-19, “continuaron aumentando”.
En el área económica, todos los países, salvo Ecuador, redujeron sus tasas de interés, crearon condiciones para otorgar créditos y establecieron medidas para proteger el empleo. “Sin embargo, el apoyo para los trabajadores informales y los más vulnerables fue más lento”, dicen los investigadores. Tomando en cuenta las distintas medidas implementadas, Colombia fue el país más rápido en reaccionar desde que comenzó el COVID-19: tardó 16 días.
Rapidez en la entrega de apoyos económicos en contextos de cuarentena por COVID-19
Los investigadores también compararon la rapidez en la entrega de apoyos económicos en contextos de cuarentena: es decir, con restricciones de movilidad en algunas zonas (aunque éstas no siempre se cumplen, ya que una proporción importante de trabajadores necesita salir a la calle pues vive del ingreso diario).
En el caso de Chile, por ejemplo, desde que se aplicó la cuarentena obligatoria, la primera canasta de alimentos llegó a los 50 días (a un hogar de una comuna de bajos ingresos). En el caso de Colombia, la canasta demoró 9 días y en Brasil tardó 64 días.
Los autores midieron el monto de estímulo económico entregado por cada país en contextos de COVID-19: es decir, el aporte que sale del “bolsillo” del Estado. De los cinco casos analizados, Brasil es el que realiza un esfuerzo mayor, gastando alrededor de US$ 880 por habitante (alrededor de 10% del PIB nacional), seguido de Chile, con casi US$ 800 (5,2% del PIB). Colombia y Perú gastaron casi US$ 500 (7,6%) y US$ 380 (5,6%) por habitante. Ecuador es el país que menos apoyo entrega: US$ 24,8, per capita y 0,4% del PIB.
Índice de apoyo económico
Ahora, al analizar la magnitud del apoyo económico que se entregó a los hogares tomando en cuenta la evolución de la enfermedad, los datos son menos optimistas. Por ejemplo, Chile comenzó el período con bajos niveles de apoyo a las familias (menos de 40% según el Indice de Oxford, que llega hasta un máximo de 100%), pero éste fue aumentando (75% a mediados de junio). En el caso de Brasil, su índice de apoyo económico fue de 50%.
Según los investigadores, aún cuando los niveles de apoyo económico aumentan, no hay una correlación entre este dato y el número de casos o la tasa de positividad.
Al revés, los casos aumentan o se mantienen. “Esto sugiere que el apoyo en temas de ingreso no tuvo la efectividad esperada, no solo porque la implementación fue lenta, sino porque la magnitud del apoyo fue limitada. El único país que muestra una disminución en la tasa de positividad que coincide con un aumento del indicador es Chile”, explican los autores.
Esto ocurre en un período en que las cuarentenas fueron más fuertes y comenzó a aplicarse una mejor estrategia de testeo y trazabilidad. Lo anterior lleva a concluir a los investigadores que, en contextos de pandemia, es central una respuesta temprana e integral.
Zonas vulnerables por COVID-19
Los autores identificaron algunas zonas geográficas en las que las medidas implementadas fueron menos efectivas.
En Chile, por ejemplo, el virus evolucionó de manera distinta en diferentes áreas de la Región Metropolitana. En las comunas de mayores ingresos, después de una semana de cuarentena, los casos diarios bajaron; sin embargo, en aquellas comunas de menores ingresos (Independencia, San Ramón, La Granja y Recoleta), los casos diarios subieron.
“Estos datos son consistentes con la demora en la entrega de medidas de apoyo económico para los grupos vulnerables. La falta de respuesta económica temprana impidió a las personas quedarse en la casa y, por lo tanto, disminuyó el efecto de las restricciones”, plantean los autores.
En Colombia, la región más afectada en número de casos y muertes es la de Amazonas (32,9 casos y 1,3 muertes por cada 1000 habitantes), localizada en una provincia donde la informalidad laboral alcanza un 90% y el hacinamiento y la pobreza llegan a 16% y 35%, respectivamente. Las zonas de Antioquía y Valle del Cauca, que poseen menores niveles de hacinamiento y pobreza, registran también un menor número de muertes.
En Ecuador, la provincia de Guayas presenta el mayor número de casos y muertos (alrededor de 18,000 y 1.700) y Santa Helena tiene una tasa de muerte de 82,5 por cada 100.000 habitantes. Ambas provincias tienen niveles de desempleo superiores a 20%. Además, en Guayas los niveles de acceso de la población a servicios básicos y agua potable son bajos (66,6 y 85,7%, respectivamente).
Finalmente en Brasil, la región más impactada en número de casos y muertes es el Sudeste, con un 35% y 45% respectivamente. Esta región alberga al 42% de la población nacional y concentra las ciudades más densamente pobladas y turísticas, como Sao Paulo y Río de Janeiro.
Conclusiones del estudio
El trabajo concluye que las pandemias deben ser abordadas con una mirada integral, tomando en cuenta cuatro ámbitos: estrategias sanitarias y de contención; comunicación de los datos sobre la Pandemia y medidas económicas de apoyo, particularmente a los grupos más vulnerables (para que puedan, por ejemplo, quedarse en sus casas aquellos que necesitan salir a trabajar).
Es clave contar con una estrategia sistemática de testeo, trazabilidad y seguimiento de casos en etapas tempranas de la pandemia, para contener brotes y evitar detener por largo tiempo la actividad del país, sugieren los autores. Asimismo, es determinante contar con un buena comunicación y coordinación ya que optimiza la toma de decisiones y da más legitimidad a la autoridad y las estrategias implementadas, mejorando el cumplimiento de las medidas.
Finalmente, los hallazgos también ofrecen algunas luces sobre cómo convivir con una pandemia que estará presente por un buen tiempo. En ello las estrategias de testeo y trazabilidad son fundamentales para la vigilancia activa de casos y brotes.
¿Cómo ha influido en la salud humana nuestra relación con la naturaleza a lo largo de la historia? Jaume Terradas /Fuente: investigaciónyciencias.es
EN SÍNTESIS
La mayoría de las enfermedades infecciosas responsables de epidemias graves las producen patógenos que tienen su origen en animales. Su propagación ha sido favorecida por la ocupación y la explotación humanas del entorno, que han desestabilizado los ecosistemas y el hábitat de los animales.
La historia nos demuestra cómo la salud de las plantas, los animales y los humanos, junto con la organización de nuestra sociedad, han estado enlazadas en una misma trama a lo largo de los siglos.
La comprensión de la existencia de este vínculo ha dado lugar a la noción actual de «Un mundo, una salud», una aproximación holística promulgada por científicos y organizaciones de salud pública y animal para que se diseñen investigaciones, políticas y leyes que ayuden a prevenir epidemias y plagas.
Las enfermedades infecciosas, causantes de epidemias y plagas en humanos, animales y plantas, han existido siempre. Historiadores, escritores, pintores y cineastas han dejado constancia de los estragos de las epidemias, sobre todo de los de la peste bubónica, que en el siglo XIV redujo la población europea por lo menos en un tercio, o la gripe española de 1918, que causó más muertos que la Primera Guerra Mundial, que terminaba ese mismo año.
Según la OMS, una cuarta parte del total de nuestras enfermedades son infecciosas. Todas están provocadas por más de 1400 especies patógenas conocidas, entre ellas virus, bacterias, protozoos, helmintos y priones. El 61 por ciento son zoonóticas, es decir, han saltado de los animales a los humanos. Y de estas, el 75 por ciento son emergentes: son totalmente nuevas, o existen desde hace tiempo pero se hallan hoy en expansión. La más reciente, la responsable de la pandemia de COVID-19, probablemente tiene su origen en una especie asiática de murciélago. Otras más antiguas, como la tuberculosis, el sarampión o la viruela, también son zoonosis y nos llegaron de animales domesticados hace 10.000 años, aunque hoy se transmiten entre personas (si bien la viruela está erradicada). Muchas otras las causan patógenos transmitidos por vectores animales (mosquitos, chinches, garrapatas, pulgas de las ratas, etcétera). Entre ellas destaca la malaria, provocada por un parásito que transmiten ciertos mosquitos y que causa entre 400.000 y 600.000 muertes al año.
Las enfermedades zoonóticas han estado muy influidas por los cambios ambientales, que afectan a los animales y a su interacción con los humanos. Nuestros contactos con la fauna salvaje han aumentado mucho, y con ellos el riesgo de nuevas zoonosis. Las epidemias aparecen asociadas a cambios en los ecosistemas y migraciones de humanos, animales y vegetales, con sus patógenos, y, a su vez, causan notables y complejos cambios ecológicos y socioeconómicos y han contribuido al colapso de sociedades enteras. Estas las han achacado a castigos divinos o a sabotajes y las han combatido mediante medidas de aislamiento e higiene, la mejora en el conocimiento y la producción de vacunas y fármacos. Un vistazo rápido a la historia nos demuestra cómo la salud de las plantas, los animales y los humanos, junto con la organización de nuestra sociedad, han estado enlazadas en una misma trama a lo largo de los siglos.
Las sociedades cazadoras-recolectoras primitivas se sentían parte de la naturaleza, como los animales, las plantas, el agua, las rocas o los «espíritus» que inventaban para explicar el mundo. Pero cuando, 10.000 años atrás, se inició la domesticación de plantas y animales, los humanos creyeron establecer una relación directa con los espíritus o dioses y vieron al resto de la realidad como algo que usar. Agricultores y pastores se infectaron con los patógenos de los animales domesticados. Con el tiempo, adquirieron resistencia a algunos de ellos.
La agricultura llevó a la sedentarización y a tener reservas alimentarias, aunque ello conllevó una dieta menos variada que tuvo efectos negativos en la salud por déficits de proteínas y micronutrientes. La relativa seguridad de las reservas permitió que parte de la población se dedicara a tareas no agrícolas, aumentó la población y aparecieron ciudades donde se practicaban oficios cada vez más diversos. Sin embargo, la producción de los cultivos no era siempre fiable, y podía resultar insuficiente para la creciente población. Hubo intercambios comerciales entre sociedades, y algunas empezaron a desear las tierras de otras. Se crearon, con uso de la fuerza, reinos e imperios. Al desplazarse entre ecosistemas, por el comercio o la guerra, los viajeros llevaban consigo a sus patógenos y, a su vez, se contagiaban con los ajenos.
La historia de las epidemias y el imperialismo ha sido relatada magníficamente por Alfred W. Crosby en la obra Imperialismo ecológico. Los cruzados sufrieron en Oriente Medio enfermedades poco frecuentes en Europa, y sabemos de las epidemias que los europeos llevaron a América, Oceanía y África entre los siglos XVI y XIX. Los amerindios murieron como moscas por las enfermedades europeas y los europeos llevaron al continente esclavos negros, secuestrados y maltratados, cuyos descendientes aún padecen el racismo. La vida media de un marinero en un barco esclavista era de dos años, debido a la malaria, la fiebre amarilla y otras causas. Mientras amplias regiones africanas se despoblaban, apunta Crosby, los descendientes de los esclavos africanos se expandieron en la América cálida y húmeda, donde las poblaciones indígenas se habían reducido mucho a causa de la viruela y otras enfermedades. Ello llevó a la mezcla racial que observamos hoy en día.
Al mismo tiempo que se producían migraciones y colonizaciones, se alteraban la composición y la estructura de los ecosistemas invadidos. Un 40 por ciento de las hierbas de los pastos norteamericanos son europeas, introducidas por los colonos y sus rebaños. Se cultivó donde nunca se había hecho y se talaron bosques para tener pastos o cultivos, lo que a menudo provocaba una pérdida de la fertilidad y la erosión del suelo. La ocupación de deltas y llanos aluviales y la creación de embalses y regadíos propagaron enfermedades cuyos vectores eran mosquitos. Todas estas perturbaciones se han perpetuado e intensificado a lo largo de los siglos.
CON LA AYUDA DE MÁQUINAS, los humanos invadimos espacios que aún permanecían inalterados, como esta pluvisilva en Tailandia. Entramos así en contacto con especies silvestres portadoras de millones de patógenos desconocidos, sobre todo virus, lo que aumenta enormemente el riesgo de aparición de nuevas enfermedades zoonóticas. [GETTY IMAGES/PLACEBO365/ISTOCK]
Un ejemplo ilustrativo de la estrecha interconexión entre la salud de los animales, de los ecosistemas y de las personas es la expansión de la peste bovina en el Serengueti, en el África oriental, a finales del siglo XIX, que ha sido bien descrita por Anthony R. E. Sinclair, de la Universidad de la Columbia Británica, y Michael Norton-Griffith, del Centro de Investigación de la Propiedad y el Medioambiente (PERC, por sus siglas en inglés), en Montana, EE.UU. El origen de la enfermedad suele atribuirse a los rebaños rusos procedentes del Mar Negro que llevó el Ejército del General Gordon a Jartum en 1884, aunque también pudieron ser los de las tropas italianas que invadieron Etiopía en 1989. La plaga provocó un 95 por ciento de mortalidad entre las reses domésticas y, como consecuencia, una gran hambruna entre los masáis, dos terceras partes los cuales fallecieron. Pero, además, la peste se extendió entre la fauna salvaje y causó una fuerte reducción de las poblaciones de ñus, búfalos y jirafas, que dejaron de alimentarse de las plantas leñosas. Estas invadieron la sabana y ofrecieron un ambiente propicio para la propagación de la mosca tsé-tsé, un vector de la tripanosomiasis. La plaga repercutió, pues, en la ecología de la sabana, en la ganadería, en la agricultura y en las sociedades humanas que dependían de estas actividades, y generó otra epidemia, la tripanosomiasis.
Las enfermedades que han afectado a las plantas han tenido también grandes repercusiones sociales. Un pulgón americano, la filoxera (Daktulosphaira vitifoliae), devastó las viñas francesas hasta 1870. Al aumentar la demanda de caldos españoles, se expandieron las viñas en nuestro país, pero al final llegó aquí también la plaga y muchos campesinos arruinados migraron a las ciudades, donde se convirtieron en mano de obra para la industrialización. La hambruna irlandesa de 1845 a 1850 fue desencadenada por el hongo Phytophtora infestans, que ataca a la patata, un monocultivo que alimentaba a los 8 millones de irlandeses. Los ingleses se habían repartido las mejores tierras y habían dictado leyes que forzaban la venta a Inglaterra de la carne y otros productos. El resultado fue un millón de muertos y un millón de emigrantes a Estados Unidos. Los ingleses asistieron —muchos con satisfacción— al drama de los irlandeses, pobres y la mayoría analfabetos, y convirtieron los campos abandonados en pastos para producir más carne.
EN LOS DOS ÚLTIMOS SIGLOS hemos sido golpeados por enfermedades infecciosas que han causado una gran mortalidad. Nuestra vulnerabilidad ha aumentado con la explosión demográfica, las alteraciones del entorno y la intensificación del transporte y, pese a la mejora de los conocimientos en medicina, biología y ecología, han surgido nuevos patógenos y han evolucionado variedades resistentes de otros ya conocidos.
La segunda revolución agrícola y la industrialización marcaron un gran paso en la transformación del entorno. Los regadíos se expandieron, la gente del campo se desplazó a las ciudades y hubo un aumento enorme del transporte horizontal (automóvil, ferrocarril, navegación a vapor, aviación). Esa transformación repercutió en la salud humana. La contaminación de fábricas y motores hizo insalubre el aire de las ciudades, y enfermedades como la tuberculosis causaban mucha mortalidad de personas jóvenes. También el cólera atacaba a las poblaciones urbanas. Sus brotes en Londres eran atribuidos a «miasmas» hasta que se aceptó la idea del médico John Snow de que había una «materia mórbida» en el agua del Támesis y de algunas fuentes. Cuando Robert Koch aisló el patógeno responsable, Vibrium cholerae, Snow llevaba casi 30 años muerto, pero su estudio sobre la distribución de la infección fundó la epidemiología.
La importancia de la higiene se evidenció con el descubrimiento de los gérmenes, que repercutió en la gestión del agua potable y los alimentos y en las prácticas médicas. Se construyeron alcantarillas, hubo grandes avances médicos, con el desarrollo de las primeras vacunas y luego los antibióticos [véase «El retorno de las epidemias», por Maryn McKenna en este mismo número]. Se redujo así la mortalidad infantil, lo que impulsó la demografía: en los últimos 75 años, la población mundial se ha triplicado. Además, la población urbana ha pasado de ser de menos del 30 por ciento a casi el 80 por ciento. La población total tiende a estabilizarse, pero puede alcanzar aún 9600 millones hacia 2050 y quizás 11.000 millones en el 2100, un crecimiento que se producirá sobre todo en las ciudades. En una población que crece tanto y tiende a vivir hacinada aumenta el riesgo de epidemias: según Kate E. Jones, de la Sociedad Zoológica de Londres, entre 1940 y 2004 han aparecido unas 300 zoonosis nuevas o variedades resistentes de enfermedades conocidas.
Pero además del hacinamiento, las nuevas actividades en el entorno y la invasión humana de ambientes con abundante fauna salvaje favorecen también la aparición de estas enfermedades. Las ciudades ocupan solo un 2 por ciento de las tierras emergidas del planeta, pero necesitan recursos de superficies muy superiores. Para satisfacer esa demanda, los humanos penetramos en todos los territorios. La explotación de recursos de todo tipo, los viajes de negocios, los transportes comerciales o el turismo llevan nuestra actividad a los lugares más remotos, incluidos el Polo Norte, la Antártida y la Estación Espacial Internacional. El avance de campesinos, ganaderos y mineros sobre las selvas tropicales en Sudamérica, África, China, Indonesia, Filipinas o Nueva Guinea destruye ambientes salvajes y pone a los humanos en contacto con especies nuevas, lo que genera riesgos de zoonosis.
El riesgo de enfermedades humanas es especialmente alto en las zonas de frontera entre los ecosistemas naturales y las zonas urbanas. Según los trabajos del entomólogo Felix P. Amerasinghe y sus colaboradores, en el contacto entre bosques y áreas urbanas de las regiones tropicales se propagan la malaria, el dengue y la fiebre amarilla; entre bosques y cultivos hay riesgo de propagación de fiebres hemorrágicas; entre marismas y cultivos son más probables la esquistosomiasis, la filariasis linfática y la encefalitis del Japón. La leishmaniasis y la enfermedad de Chagas se dan en zonas forestales y tierras áridas, y el cólera, en zonas urbanas próximas al litoral o a ríos y lagos. El virus del Nilo occidental y la enfermedad de Lyme se propagan en zonas urbanas y suburbanas de Europa y Norteamérica.
LOS MERCADOS «húmedos» asiáticos son un ejemplo flagrante de las numerosas imprudencias que cometemos los humanos al relacionarnos con los animales silvestres. Animales vivos y muertos se amontonan en jaulas donde, sobre lechos de paja, se mezclan con heces, orina y sangre. Es un ambiente ideal para el contagio entre animales y, también, de las personas que los manipulan y consumen. [GETTY IMAGES/XXCHENG/ISTOCK]
El hecho de que las especies silvestres suponen una fuente de patógenos podría hacer pensar que una biodiversidad elevada aumenta el riesgo de zoonosis. Sin embargo, Serge Morand, de la Universidad de Montpellier, y sus colaboradores han demostrado que donde se han producido más zoonosis es en regiones donde hay más especies en riesgo de extinción y mayor pérdida de superficie forestal, es decir, en zonas fuertemente alteradas. Más recientemente, Rory Gibb, del Colegio Universitario de Londres, y su equipo han ofrecido nuevas pruebas en este sentido: han hallado que no solo es más probable que las especies de fauna que se multiplican en los entornos transformados por los humanos (sobre todo roedores, murciélagos y aves paseriformes) actúen como vectores de patógenos, sino también que alberguen en su cuerpo una mayor variedad de ellos, algunos nocivos para nuestra especie. Por consiguiente, la conservación de la naturaleza y de la biodiversidad podría ser un seguro contra brotes epidémicos. No obstante, se necesitan nuevas investigaciones para poder integrar los objetivos de gestión de la biodiversidad y de mejora de la salud humana.
Hay otros factores derivados de las actividades humanas que pueden favorecer la propagación de enfermedades. El cambio climático, unido a los desplazamientos de personas y el comercio internacional, puede extender enfermedades tropicales a zonas hoy templadas. Un ejemplo lo hallamos en las tres especies del género Aedes que han llegado en los últimos años a España procedentes de regiones tropicales: A. aegypti, A. albopictus (mosquito tigre) y A. japonicus. Estos mosquitos son vectores de la fiebre amarilla, la malaria, el mal de Mayaro, la fiebre de Zika, la fiebre del Nilo occidental, el dengue y el chikunguña. Los afectados por dichas enfermedades en Europa corresponden, en su mayoría, a casos importados: personas procedentes de zonas endémicas que cuando llegan no propagan a otras la enfermedad. Pero en algunas ocasiones, gracias a la presencia de los mosquitos vectores, se han transmitido puntualmente dentro del continente y han provocado pequeños brotes. Ha habido casos autóctonos de chikunguña desde 2007 en Italia y en Francia, y de dengue, desde 2010 en Madeira, Croacia, Francia y España; y este pasado verano se ha producido un brote de fiebre del Nilo en Sevilla. Aunque por ahora la transmisión autóctona de estas enfermedades queda restringida a determinadas zonas y momentos, no puede descartarse que en un futuro, sobre todo con el agravamiento del calentamiento global, se propaguen con mayor facilidad.
Por último, cabe destacar el modo en que los problemas de nutrición y contaminación ambiental hacen aumentar la vulnerabilidad de las personas a las enfermedades infecciosas. Nuestra salud requiere muy diversos nutrientes en una proporción adecuada. Sin embargo, aunque la producción del sistema alimentario mundial es suficiente, aún hay cerca de 1000 millones de personas con déficits en micronutrientes, 800 millones con una dieta baja en proteínas o energía y una cifra similar con una dieta excesiva. La falta de agua potable (por escasez o por la presencia de contaminantes químicos o biológicos) es un problema mayor para 2000 millones de personas. En la comida, el agua y el aire hay muchas sustancias que no deberían estar, incluidos los microplásticos, los policlorobifenilos (PCB), las dioxinas y el DDT de los plaguicidas. Muchos actúan como disruptores endocrinos que alteran la resistencia a las infecciones y otras enfermedades. El cambio climático influye también en la cantidad y la calidad del agua y en la intensidad y la frecuencia de los episodios meteorológicos extremos (como sequías o lluvias torrenciales), lo que altera la distribución geográfica de los cultivos y repercute, a escala global, en la disponibilidad de alimentos.
En los últimos decenios se ha observado un aumento de las enfermedades infecciosas emergentes que han causado epidemias. Las enfermedades emergentes son aquellas cuya incidencia o área de distribución aumenta (como la tuberculosis y la enfermedad de Lyme, o los virus del Nilo occidental y de Nipah); las que han evolucionado (las nuevas variantes de gripe o las malarias resistentes a los medicamentos); o las totalmente nuevas (virus de Hendra, del Ébola, el SARS o la COVID-19). Según la OMS, en los últimos 35 años se han detectado unas 30 enfermedades nuevas.
Numerosas enfermedades emergentes son causadas por virus que, al pasar a un nuevo huésped, evolucionan, por lo que es casi imposible tener vacunas o fármacos para combatirlas desde su aparición. Así ha sucedido con el VIH, el virus del Ébola, el de Nipah, los hantavirus, los recientes virus de la gripe (el H5N1 o el H7N9) y los coronavirus. Bastan muy pocas mutaciones para que los virus gripales pasen de las aves a los mamíferos.
Un caso particular de enfermedad emergente fue la encefalopatía espongiforme bovina (más conocida como enfermedad de las vacas locas), cuyos primeros casos se detectaron en el ganado bovino del Reino Unido en 1986, y que después se transmitió a humanos a través del consumo de su carne. La enfermedad la produce un prion (un tipo peculiar de proteína) que surgió en las vacas a cuya dieta se añadieron residuos de matadero que contenían tejidos de vacuno —un alimento singular para animales herbívoros, dicho sea de paso.
El SARS (síndrome agudo respiratorio agudo) lo produce un coronavirus que, como el SARS-CoV-2 (el responsable de la COVID-19) o el virus de la gripe de los años 1970, apareció en los mercados de animales vivos de la China y provocó una epidemia en 2003. El MERS (síndrome respiratorio de Oriente Medio) lo produce otro coronavirus y apareció en Arabia Saudí en 2012, con una letalidad del 30 por ciento.
LA OCUPACIÓN HUMANA de zonas próximas a los bosques tropicales y subtropicales, unida al calentamiento global, están ayudando a la expansión de especies de mosquitos que son portadoras de patógenos, como Plasmodium falciparum. Este parásito, responsable de la malaria, sigue causando medio millón de muertes y más de 200 millones de infecciones al año. La foto está tomada en Brasil, donde el avance humano acelerado sobre las selvas genera un aumento del riesgo. [GETTY IMAGES/JOA_SOUZA/ISTOCK]
En 2018, se registraron en el mundo 228 millones de casos de malaria (provocada por un protozoo, Plasmodium falciparum), de los cuales el 93 por ciento viven en África y el 67 por ciento son niños de menos de cinco años. El cambio global, el conjunto de transformaciones a las que está sometido nuestro planeta (la fragmentación de los bosques, la expansión de los monocultivos y del riego, el uso de productos tóxicos, el ascenso de las temperaturas y los episodios meteorológicos extremos), reduce la eficacia de los depredadores de mosquitos y favorece la propagación de la malaria, para la que no hay vacuna. Algunas de las medidas con las que puede paliarse dicha propagación se basan en la gestión ambiental y la lucha biológica. Los setos, los bosques galería (los que crecen a lo largo de los ríos o alrededor de las zonas húmedas) o los árboles dispersos en zonas de cultivo mantienen estables las poblaciones de depredadores de los vectores, y en las pequeñas lagunas de aguas limpias pueden vivir peces que comen larvas de mosquitos. Fue con medidas de este tipo, sobre todo, como se extirpó el paludismo en España en 1964 (aunque aún haya casos importados).
Cada vez más se ha ido comprendiendo que nuestra salud depende de la de los sistemas ecológicos, tanto de los naturales como de los antropógenos (agroecosistemas, ecosistemas urbanos, etcétera), y que su simplificación excesiva facilita la expansión de plagas y patógenos infecciosos.
El concepto «Un mundo, una salud», propuesto inicialmente por la Sociedad para la Conservación de la Vida Silvestre con el apoyo de otras entidades de salud pública y animal (entre ellas, la OMS, la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, y la Organización Mundial de Sanidad Animal), nació precisamente de la comprensión de que nuestra salud está íntimamente ligada a la de los ecosistemas que sostienen la vida en el mundo, o sea, a la de la red de relaciones entre personas, animales, plantas y microorganismos. Esta noción se define como una aproximación holística a la prevención de epidemias y epizootias (el equivalente de las epidemias en el mundo animal): mantener la integridad de los ecosistemas beneficia a la humanidad, a nuestros animales y a la biodiversidad.
Bajo la premisa de «Un mundo, una salud», un grupo de expertos estableció en setiembre de 2004 los Principios de Manhattan. En el preámbulo se dice que los brotes epidémicos recientes muestran que la comprensión amplia de la salud y la enfermedad exige una aproximación que concilie la salud de humanos, animales domésticos y vida salvaje. Para ganar la batalla a las enfermedades del siglo XXI y mantener la integridad biológica de la Tierra para las futuras generaciones, se requieren aproximaciones interdisciplinares e intersectoriales a la prevención, vigilancia, monitoreo, control y mitigación de epidemias, así como a la conservación ambiental.
La ciencia de la salud de la vida salvaje es esencial para estos fines, que demandan acciones de largo alcance que consideren las complejas interacciones entre especies. Las alteraciones en los ecosistemas se vinculan a variaciones en las pautas de emergencia y propagación de enfermedades. Hay que integrar la conservación de la biodiversidad con las necesidades de salud humana y de los animales domésticos. Hay que reducir la demanda de animales vivos y regular su comercio internacional y el de carne y productos de pesca para reducir los movimientos de especies, la transmisión de enfermedades entre especies, y el desarrollo de nuevas relaciones entre patógeno y huésped. Resulta esencial aumentar la inversión en infraestructuras para la salud humana y animal, y en la vigilancia, la información y la coordinación entre agencias, instituciones y laboratorios farmacéuticos, así como en la educación y la concienciación de la ciudadanía.
La defensa de la salud de los ecosistemas no solo exige la preservación de espacios naturales de especial interés. Hay que reducir la deforestación y la penetración humana en medios salvajes, el consumo de energía y las emisiones, y el uso excesivo de abonos y plaguicidas. Hay que cambiar a una economía circular que reduzca los residuos, remodelar la vida urbana hacia vías sostenibles, con menor huella ecológica, y buscar soluciones de gestión basadas en la naturaleza, desde perspectivas multidisciplinares y con la mirada puesta en objetivos a corto y largo plazo. Cabe insistir en que las epidemias tienen potencial para desbaratar organizaciones sociales complejas y que son, por consiguiente, una amenaza muy real ahora y en el futuro, como lo han sido siempre. La pandemia actual es solo un aviso.